No sabes nunca cuántas vueltas puede dar la vida, los caminos que puedes seguir con decir una sola palabra: Sí o No. Te das cuenta de que con solo dos semanas ves que tu entorno ha cambiado completamente, sufres sensaciones que solo habías soñado y que nunca pensabas que te podrían ocurrir. Son pocas las veces que te tienes que despedir de alguien a quien quieres, pero sufrirlo dos veces es demasiado. La soledad, la angustia, el estrés... sensaciones que siento durante el día.
Me siento en la silla de piel de color marrón de la cocina donde mi padre Adolfo está preparado para darme la noticia, sabe cómo puedo reaccionar , me conoce más de lo que me pienso, pero estos últimos días le estoy sorprendiendo con mis respuestas.
Tengo 13 años, me describo una persona alegre, cuando todo va bien, soy muy cabezota, me gusta conseguir todo lo que me propongo, pero a la vez me pongo mucho a la piel de los otros, me gusta ayudar. Pero también tengo defectos como que, a veces, me tomo las cosas muy a pecho y estoy tan obsesionada con el objetivo que al final me acaba afectando.
Soy una persona físicamente atlética, practico deporte como mi hermano Víctor, justamente el mismo. Voleibol. Se adentró cuando tenía 7 años, gracias a unos amigos suyos que le empeñaron a probarlo. Se le da muy bien, ahora está entrenando para ir a los mundiales de Japón. Él mismo fue quien me obligó a probarlo, y así fue como empecé a adentrarme en el mundo de los deportes.
La conexión que hay entre nosotros dos es inimaginable, como unas cuerdas que nos unen y que son irrompibles. Nuestros padres nos inculcaron que los hermanos son para siempre y aunque no estén, estarán allí para lo que sea. La forma de educarnos ha influido mucho para conseguir esa conexión. Nos ayudamos entre nosotros para poderlos convencer. Por ejemplo, yo le ayudo para que le dejen salir hasta más tarde y después él hace lo mismo conmigo.
Hace cosa de dos semanas, le enviaron una carta de los Estados Unidos. Todo empieza. Adolfo lee la carta pausadamente, procedente de Clemson. Nos dicen que vieron jugar a Víctor, les gustó mucho y les gustaría que fuera a estudiar a la universidad con ellos.
La primera sensación que tengo al oír a mi padre leyendo la carta es de alegría, de ser muy afortunados de que se hayan fijado con él y de que su sueño se pueda hacer realidad. A medida que pasa el tiempo, mi hermano recibe más cartas, y yo me doy cuenta de que no me hace tanta gracia de que mi hermano se vaya a estudiar tan lejos. Empiezo a crearme historietas en mi cabeza y siempre negativas, a veces llego a llorar de lo horribles que son.
Ya han pasado dos años desde la primera carta, lleva un total de cuatro cartas, y es la hora de empezar a pactar con los de la otra banda del charco. Ha decidido irse con la que está en la frontera con Canadá. Empiezan los lamentos, cada vez está más cerca, la idea no la tiene tan clara.
Se va, la casa, su habitación, todo queda como si nunca nadie hubiera estado allí, limpia, todo ordenado, cosa que cuando él estaba parecía una leonera.
Entro por última vez en la habitación, sensación de vacío, de tristeza. Me fijo en una foto de cuando éramos pequeños. De repente, me viene a la mente todos los buenos recuerdos, cuando me ayudaba, me protegía... cosas que a partir de este momento, yo, sola, tendré que hacer.
La puerta del jardín se cierra, Víctor se gira y mira de arriba abajo toda la fachada de la casa sin dejarse ni un detalle para que, dentro de cinco meses, cuando vuelva, se dé cuenta de si hace falta alguna cosa. Llantos, bromas para relajar el ambiente, risas forzadas... es lo que se expresa antes de que pase el control. Una vez lo pasa, se gira, levanta la mano y sacude la mano diciéndonos adiós.
Empiezan la clases de nuevo y la herida aún no se ha cerrado me da miedo empezar por si, en algún momento, de repente se abre. Estoy en la ultima hora del día, para mí es el más pesado de todos. Entra una multitud en la clase preguntándome todos a la vez cosas de mi hermano, intento soportarlo pero la herida se está abriendo hasta que la sangre sale. Recuerdos a la mente, empieza la peor.
Teresa, esencial para sobrevivir, es como un tranquilizante que me tengo que tomar todas las noches. Es de las personas que cuando la encuentras nunca las tienes que abandonar porque te ayuda, te quiere, te hace sufrir. Sí, pero en los momento que sufres tú ella está allí para todo lo que quieras: lloras, ríes, escuchas, te escucha. A ese tipo de personas se le define con dos palabras: mejor amiga.
Estoy en casa, el ambiente está un poco extraño, algo está a punto de de ocurrir. Entro en la cocina con mi pijama a rayas, a punto para cenar. Me siento en la silla de piel de color marrón de la cocina donde mi padre Adolfo está preparado para darme la noticia. Sabe cómo puedo reaccionar, me conoce más de lo que yo me pienso, pero estos días atrás le estoy sorprendiendo con mis respuestas.
Todo se entiende, los nervios de mi madre, los cuchicheos entre ellos dos, y yo sin darme cuenta. Tal y como están las cosas, era evidente que algún día tenía que pasar, pero no me podría imaginar que la gente tuviera que irse tan lejos para mantener una familia.
Rusia, país del este, donde hace mucho frío. Dentro de poco será la segunda residencia de mi padre. En el momento en que me formuló la pregunta “¿Qué te parece?”, a partir de este momento, mi mente cambio, evolucionó, le dije que se fuera que aquí no se podía quedar, pues con la edad que tiene le costaría mucho encontrar trabajo. Sí, mi vida se complica un poco, pero todo se supera cuando vas conociendo nuevas experiencias, nuevas puertas que te abren al mundo, nuevas sensaciones que nunca habías vivido y ahora te toca.
Ahora es cuando tienes miedo al levantarte y no sabes qué te pasa, estás fuera de lugar porque media familia esta fuera. Poco puedes contar, y sufres, y te vienes abajo, aunque después te paras a pensar: “en tu casa queda toda la otra familia, tus amigos… que en cualquier momento te ayudarán”. Pero cuando ves que no llegas a tiempo, que comes sola todos los días, y con prisas porque has terminado tarde del entreno, es cuando te das cuenta de que debes mirar al frente y correr, mejorar para que la próxima vez esto no te pase.
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